Os alumnos de 3º ESO fabulan.

Días chuviosos
Iria Aboal Díaz

Ilustración: René Magritte: Golconde, 1953.image001
Unha moza galega adoraba a chuvia, pois sorprendéraa en multitude de ocasións. Unha vez viu caer do ceo homes, mulleres e nenos. Chea de asombro pero á vez temerosa de que alguén lle caera enriba, decidiu encerrarse na casa.
Só cando a extraña chuvia cesou completamente se atreveu a saír ao xardín. Había un home tirado no chan. Ela, con moi bos modales, invitouno a merendar, e, máis tarde, a cear. Anos despois, sempre conta que, un día chuvioso, o amor lle caeu do ceo.
Solían preguntarse
Iria Aboal Díaz 3ºA

image002Ilustración: Kati Horna (Budapest, 1912-2000):
Montée à la cathédrale, guerre civile espagnole,
Barcelone, 1938
Clara no entendía por que debía llevar vestidos, por que debían ser rosas, y muchas cosas más. Y resulta que la gente no la entendía ella. «¿Tanto le costará ser normal?», solían preguntarse. Trataron de cambiarla, pero ella se resistió, de tal manera que a los ojos de todos era una auténtica chiflada. Pero bueno, la locura es relativa. Depende de quien ha encerrado a quién en qué cárcel.

 

Tiempo perdido

Raquel Moreira Caramés 3ºC

image004Ilustración de Thomas Ott (Zurich, 1966)

Bebía mucho, simplemente para olvidar que la sociedad lo había olvidado. Mezclaba sus recuerdos con el ron de una botella de Bacardi.
Él era así. Ya desde hace tres años se deja llevar por el destino. Se encariña con las piedras y tropieza una y otra vez.
Como todas las mañanas, salía a por el periódico. Pero esa mañana todo fue distinto: al salir vió un cachorrito. Un diminuto chihuahua, que lo miraba fijamente. Hacía tiempo que la suerte no jugaba en su bando y en ese momento aparece un perro llamado “Suerte”.
-Muchas casualidades, ¿no?- pensaba.
Coge al cachorrito en brazos y lo lleva a su casa.

-¿Eres tu el golpe de suerte que necesito? -decía, mientras pensaba y se convencía de que aquello no era un sueño.
-¡¡Guau, guau!!- ladraba el perrito.
Amaneció entre botellas, en su deformado colchón. Se emborrachaba, pero alcanzaba los límites cuando soñaba. Se dio la vuelta en cama y cerró los ojos cristalinos entre suspiros y llantos.
Mañana zombie
Patricia Justo Pazos 3ºB

image005Ilustración de Tiziano Sclavi
Es una mañana de invierno, lluviosa y oscura. Son las ocho de la mañana y, como un día más, me dirijo a mi trabajo, paro en una cafetería para coger un café para llevar, mientras voy caminando a la oficina. Las calles están prácticamente desiertas, algo inusual a esas horas de la mañana. Establecimientos que normalmente están abiertos, todavía permanecen cerrados. Tengo la sensación de que es un día extraño, no me preguntes por qué.
Llego a la oficina. Soy la primera en entrar, mis compañeros aún no han aparecido. Pasa una hora y la gente parece que se ha tomado el día libre. El silencio me pone nerviosa, así que decido encender la radio. Empiezo a prestar atención. Sorprendentemente, están hablando de una epidemia y de que multitud de personas están afectadas, pero no aclaran nada más. Lo primero que hago es llamar a mi madre para preguntar por la familia, y ver si ella sabe algo más.
El teléfono me da señal. Al cuarto tono mi madre lo descuelga. Me dice que están todos bien y que también está sorprendida ante lo ocurrido. Cuelgo el teléfono, respiro profundamente y me tranquilizo.
Están empezando a llegarme mensajes de mis compañeros, que no pueden asistir al trabajo: se encuentran indispuestos y todos comparten los mismos síntomas. Por lo que me cuentan, están con una gripe impresionante y con elevadas temperaturas. Yo me pregunto: ¿tendrá algo que ver con la epidemia? ¡Uf! me dan escalofríos solo de pensarlo.
Acaba mi jornada laboral, cierro con llave la puerta y al darme la vuelta empiezo a ver a la gente con mascarillas, guantes y caminando como si todos tuvieran prisa. El ambiente está raro, se percibe mucho nerviosismo, y yo, después de este día, me voy a casa.
Al día siguiente me levanto, enciendo la televisión, a ver que se comenta sobre “la epidemia”. Empiezan a decir que todos los individuos nos quedemos en casa, que no salgamos, que es muy peligroso, que han fallecido muchísimas personas durante la madrugada y que no pueden adelantar más información.
Yo no salgo de mi asombro. Esto parece surrealista, pero lo que tengo claro es que me quedaré en casa. Está anocheciendo y en los telediarios no cuentan nada nuevo. Decido irme a la cama. Mientras duermo plácidamente, unos gritos me despiertan sobresaltada. Parece la vecina de al lado, es como si la estuvieran matando. Un sonido ensordecedor y, de repente, un silencio, como si quedase muda.
Pasa un tiempo. Estoy preocupada por lo que acaba de ocurrir. Me pregunto: ¿qué le pasaría a mi vecina? Empiezo a escuchar que hay alguien detrás de la puerta, me asomo a la mirilla. ¡No puede ser cierto lo que estoy viendo!
Era mi vecina, pero no estaba como siempre. Su color de piel era blanquecino, llegando a rozar el morado muy pálido. Su caminar era muy extraño, acompañado de sus brazos, caídos como si no tuviesen fuerza.
Cuando se aleja vuelvo a encender la televisión, están informando de la epidemia. La gente que poseía los síntomas de gripe son infectados, al fallecer vuelven a resucitar. ¡Son zombies! Se alimentan de carne viva humana. Repentinamente se apaga la televisión, las luces también. Cojo mi teléfono móvil y no hay cobertura, ¿estamos totalmente incomunicados?
No sé qué hacer, no puedo saber nada de nadie ,salir de casa, esto es un túnel sin salida. Están empezando a golpear mi puerta fuertemente, yo decido asomarme a la ventana para poder saltar antes de ser devorada. La calle está plagada de ellos, la puerta ya ha cedido, están entrando, no me queda otra, voy a saltar, cierro los ojos y…

 

This is the end
Catherine Acuña Villanueva y Danilsa María Liranzo Paula 3º A

Ilustración de Tiziano Sclaviimage007

En una zona del desierto se encuentra un motel llamado LOU`S STEAK HOUSE ROOMS.
Inesperadamente llega una camioneta desconocida. El hombre baja y no ve nada extraño a simple vista, pero el dueño del local mira por la ventana, oculto tras las cortinas.
El hombre entra y de la maleta que lleva saca una pistola. escucha un ruido y da la vuelta con rapidez. Se encuentra a unos conejo; al principio le sorprende. Luego piensa que es una tapadera.
Ve un agujero, se mete en él y, al cabo de un rato, ve una luz roja con un cronómetro. Se da cuenta al instante de que es una bomba y escapa lo más rápido que puede. No sobrevive a la explosión.
El dueño del motel se apresura a entrar por la boca oscura del tunel. Se introduce por un pasadizo donde hay tres entradas, cada puerta da a un lugar diferente. Elige la derecha y sigue caminando hasta ver una luz que se refleja a lo lejos. Coloca la bomba. Sale del túnel con un cartel en la mano.
Las personas que estaban allí vieron que ya era the end.

 
Tras la pista de Pauling
Iria Aboal Díaz 3º Aimage009

Imaxe da ilustrador mexicana Chiara Bautista Milk

Como Homero sospechaba, Héctor, el mayor fabricante de metanfetamina de la ciudad (también conocido por el nombre de “Pauling”, al igual que el famoso químico) apareció en la parada de autobús número 96 aquella noche sin luna perteneciente al mes de junio.
Héctor se subió al primer bus que llegó, y lo hizo al igual que había aparecido: sigilosamente. Por desgracia, Homero ya lo esperaba, pues un compañero suyo de la agencia antidrogas en la que trabajaba se lo había dicho unas horas antes. También se subió a aquel vehículo público, a una distancia preventiva de su objetivo, y se dedicó a pensar.
-La verdad, éste tío será todo lo bueno que quiera con el cristal, pero lo de no ser detectado no lo lleva muy bien- rió por lo bajo, maliciosamente.
Pasaron las horas, y Homero seguía con su trágico monólogo silencioso, pues el tal Pauling no parecía pretender bajarse del autobús.
-Y luego llegaré a casa. Mi mujer me hará la cena, me la tiraré, y a dormir. Al día siguiente me despertaré, comeré, me tiraré a mi mujer, trabajaré, comeré, me tiraré a mi mujer- se repitió para sí muchas veces; lamentando su monótona vida-, me tiraré a mi mujer, comeré, trabajaré… no, me he confundido.
A Homero le gustaba mucho su trabajo, ya que era la llave para escapar, algo divertido que hacer a sus bien entrados cincuenta años; a parte de tirarse a su mujer, claro, pero al fin y al cabo, también era lo mismo de siempre. Mientras pensaba en todo esto, Pauling bajaba ya las escaleras del bus como quien sale de la escuela, rápidamente y con muchas ganas. Homero galopó, sin perder la calma, y también bajó.
La distancia entre perseguidor y perseguido aumentó bastante, aunque «no lo sufiente para que Héctor no notase su presencia» se dijo Homero, dudando de su invisibilidad.
El seguimiento continuó, y Pauling se metió en un oscuro camino entre dos edificios que recordaba a una garganta. Así, Homero se dio cuenta: se había metido en la boca del lobo.

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